lunes, 9 de mayo de 2011

Historia de Amor Mormona!

“E”

Existiría una frase que resumiría a “E”: “No hay peor sordo que el que no quiere oír”. Por años rechazó cualquier tipo de ayuda, nunca aprendió a leer y a duras penas aceptó que su madre le enseñara el lenguaje de los sordos. Pero esto era sólo en apariencia, muy en el fondo lo que “E” más deseaba era oír y le recriminaba a Dios todos los días el haberlo enviado sin oído ¬–y a la vez sin voz– a un mundo que sus ojos parecían ver hermoso. Es por eso que se dirigía cada tarde a la plaza y mientras veía a la gente platicar, imaginaba cómo sonaban las palabras a través de las expresiones que nacían en sus rostros. Aprendió el sonido de la ira, de la tristeza, de la alegría y del temor, pero lo que más le gustaba oír era el amor, se deleitaba con la eufonía de las caricias y besos, sin embrago, cuando se imaginaba ridículo haciendo eso, se encerraba nuevamente en su odio y misantropía.
 Un día en la plaza, “A” lo observó, se le acercó y “E” la rechazó. Aún así, “A” regresó uno y otro día, aprendió el lenguaje de las señas por él y una tarde, cansada de la arrogancia de “E”, le dijo: — Yo sé qué es lo que buscas aquí todos los días— “E” se estremeció por dentro, pero respondió enérgicamente: — Tú no sabes nada sobre nosotros, vete.
 — Te equivocas— replicó ella. Sé que vienes aquí porque quieres aprender a oír, quieres saber cómo se siente, ¿verdad?— “E” no tuvo señas para responder—. Si me dejas ayudarte, yo te enseñaré el sonido más hermoso que puedas imaginar— finalizó “A” y se fue.
Cuando cayó la tarde siguiente, se volvieron a encontrar en la plaza y fue poco lo que se dijeron: “E” le contó que no sabía leer y “A” le explicó que para que todo funcione él debía aprender, así que desde el día siguiente ella le enseñaría. “E” aprendía muy rápido y para que le sea más fácil, “A” acompañaba las palabras con imágenes. El día que “A” creyó que “E” estaba listo, le dijo: —Prepárate para oír la dicha misma. “E” no cabía de felicidad y esperaba impaciente. “A” fue a la sala y regresó con un libro de pasta oscura entre las manos. Cuando “E” leyó en la portada: “El Libro de Mormón” cambió inmediatamente de expresión: — ¿Te estás burlando de mí?— Ella no tuvo tiempo de responder; cuando empezó a alzar las manos, él ya se había marchado.
Años después, “E” cogió el libro y se dio cuenta que tenía varias secciones marcadas con un: “Para E”. Abrió una al azar y leyó un versículo que nunca olvidaría: “Mas no temo a las cosas del hombre, porque el amor perfecto desecha todo temor” y al pie unas palabras escritas por “A”: “Sé que te debes preguntar todos los días por qué a ti, por qué te pasa esto, por qué Dios es duro contigo y más, pero estoy segura de que si Él nos hubiera dado las respuestas para todo, no tendría mucho sentido descubrirlas, ¿no crees?” “E” cerró entonces sus ojos y pudo oír el sonido más hermoso que jamás hubiera imaginado, tal como “A” lo había prometido.                                   

FIN

viernes, 7 de enero de 2011

Cuento Jurídico!

UNA DEFENSA INESPERADA

De estar vivo su padre estaría orgulloso; aunque no fue el primer puesto de su promoción, nadie dudaba que se trataba del mejor abogado de su generación. Se había graduado hace unos meses y aún no había litigado a favor de ninguna causa.

Se juró a sí mismo que el giro que estaba a punto de cobrar sería el último que aceptaría de su madre en lo que quede de su vida y ya con el dinero en el bolsillo y la tranquilidad que ello significaba; podía sobrevivir unos meses más mientras buscaba un estudio en el cual desempeñarse. Cuando se aprestaba a subir al bus que lo llevaría de vuelta a su cuarto, el estremecimiento que sintió en la nuca le hizo suponer que algo incalculable empezaría aquel día.

— ¡Dame la plata carajo!— Fue lo único que pudo entender y cuando volteó la mirada, todo lo que vio fue la cacha de una pistola acercándose violentamente a su cráneo.

Cuando volvió en sí, no sabía que sólo habían pasado segundos, su padre estaba frente a él e intentaba protegerlo con un arma en la mano, balas más tarde vio caer sangre sobre la acera, luego el arma de su defensor y finalmente a éste tomándose el hombro derecho; un sujeto sumamente obeso se acercó a su padre, dijo algo entre dientes, pero él pudo entenderlo:

— Eso te pasa por dártelas de vivo— Luego sonrió y le disparó en la cara dos veces sin miramientos.

Fue lo último que pudo ver antes de volver a perder el conocimiento.

***
— Era mi hijo, doctor— Le explicaba la mujer—. Han chapado al que lo ha matado y ya ha confesado que lo mató.

Pedro era policía, había dejado la escuela de suboficiales sólo hace tres meses y aquel día volvía a su casa luego del trabajo en la comisaría donde estaba asignado, Alfonso no se explicaba cómo es que vio en Pedro a su padre, tal vez el golpe fue demasiado fuerte y una gran cicatriz quedó en su frente para probarlo; se conformó con aquella explicación y trató de poner más atención en las palabras de Zoila.
— Yo tomaré la asesoría de su caso, señora. Creo que se lo debo a su hijo— Y aunque le gustaba el sonido de aquella palabra, sentenció—. Y no me llame doctor que ni siquiera he estudiado una maestría.

Así fue, Pedro acaba sus labores, sólo estaba a dos cuadras de su casa y a cinco metros de lo que le pasaba a Alfonso, dicen que no se iba a entrometer, que iba a pasar de largo, pero que su corazón de policía pudo más; sacó su arma de reglamento y combatió tiro a tiro a los asaltantes hasta caer abatido, tan simple como parecía y tan complicado como en realidad era.
   
Luego de la investigación preparatoria y con  la entrada de la etapa intermedia del proceso penal que se le abrió a Pichón, apodo del delincuente que mató a Pedro, la acusación del fiscal contenía todos los hechos ocurridos y solicitaba una pena de veinte años en base al delito de homicidio simple tipificado en el código penal y según el cual la pena máxima era la que se pedía.

— Doctor, yo sólo quiero justicia, con todo el berrinche que es el Ministerio Público, no sé cuando sacarán a este maldito de la cárcel.

Zoila era una mujer humilde, no entendía mucho de la justicia que su abogado le explicaba, para ella la justicia pasaba porque el culpable de la muerte de su hijo se pudriera en la cárcel o al menos pase el mayor tiempo posible en ella para pagar su crimen. Alfonso, en cambio, con la doctrina en la mano; sabía que las cosas no eran como todos pensaban aunque no podía evitar ponerse de su lado.

— No puede ser— Continuó la mujer—. Ese señor es un asesino, no puede salir tan pronto. Debe haber algo que usté pueda hacer, doctor.

Alfonso sabía que había algo que podía hacer, algo que se había intentado una sola vez antes, pero sin éxito; algo casi improbable y hasta cierto punto arriesgado.

— Tenemos diez días para revisar la acusación, señora, tenga paciencia.

    Una noche antes de que se venciera el plazo, Alfonso no durmió bien, veía a su padre por todos lados y escuchaba su voz diciéndole que tenía que hacer algo; tal vez por eso planteó aquella cuestión, tal vez por eso se atrevió y luchó por ello.
El joven abogado observó el artículo de la ley penal que tipificaba el hecho y la cuantía de la pena que se solicitaba en base a él; fundamentó su posición en que Pichón había cometido homicidio calificado y solicitó treinta y cinco años de prisión porque el delincuente había matado a un miembro de la Policía Nacional en cumplimiento de sus funciones, lo que constituía un agravante del homicidio y significaba un aumento considerable en la pena. Su lógica parecía no tener errores, pero existían complicaciones: Pedro ya había salido de la comisaría, estaba de civil y no en horario de trabajo, y aunque para el común denominador de la gente, se encontraba sin dudas en cumplimiento de sus funciones; el derecho no tenía ningún tipo de medio que lo ayude a tenerlo más claro, no existían parámetros definidos que le indicaran cuándo se empezaba a estar en cumplimiento de funciones y cuándo se terminaba de estarlo. Alfonso planteaba que cuando Pedro actuó, por la naturaleza de la profesión que tenía y porque se dirigía ininterrumpidamente hacia su vivienda luego del trabajo, se encontraba en cumplimiento de sus funciones. Una tesis similar, pero de un caso algo diferente, se presentó hace algunos años y el juez a cargo nunca aceptó que la víctima de aquel homicidio se encontraba en cumplimiento de funciones porque no se encontraba ni en su local de trabajo, ni cerca a él, ni en horas de labores; el mismo juez que hoy tenía en su despacho la decisión del primer caso del inexperto Alfonso, por eso el temor de su objeción, por eso el miedo al fracaso.

La defensa de Pichón descalificó el fundamento legal de la petición de Alfonso y se burló de ella hasta el hartazgo segura de que el juez nunca la adoptaría, en realidad nadie creía que el juez podría siquiera considerarla y hasta el mismo Alfonso iba perdiendo la confianza y se resignaba a aceptar la derrota, a aceptar los veinte años que el fiscal pidió para Pichón y que se harían menos con los diversos beneficios a los que se acogería, pero sobre todo, se iba resignando a que debería reconocer ante Zoila que habían perdido; sin embargo, un nuevo sueño con su padre lo convenció de intentarlo por última vez, en el sueño su padre le dijo que cuando le toque alegar oralmente, plantee de nuevo su idea sin importar lo que el crea que pueda pasar.

Cuando tuvo que hacerlo, Alfonso se paró frente al juez y citó textualmente el artículo de homicidio calificado:
“Será reprimido con pena privativa de libertad no menor de quince años el que mate a otro si... la víctima es miembro de la Policía Nacional o de las Fuerzas Armadas, Magistrado del Poder Judicial o del Ministerio Público, en cumplimiento de sus funciones.”
Luego explicó la hipótesis de que Pedro se encontraba en cumplimiento de sus funciones cuando fue muerto por Pichón y cuando terminó esperaba más la burla de todos que su comprensión; miró tristemente a Zoila, quien por el contrario tenía la mirada llena de esperanza y cerró los ojos tratando de no llorar.

Esperó, vencido, la lectura de la sentencia; durante muchos días no tuvo descanso de ningún tipo y cuando por fin se debía dictar, recogió a Zoila de su casa y se dirigieron juntos a la corte.

— Señora, yo le debo decir la verdad y no creo que...

— Ya hemos ganado, doctor, pase lo que pase ya hemos ganado— Lo interrumpió la mujer con los ojos llenos de alegría y no se dijeron otra palabra durante todo el recorrido en bus.

El abogado de Pichón estaba tranquilo, el delincuente sonreía y hasta Zoila parecía apaciguada, el único perturbado en la sala era él. Cuando el juez, con una voz apacible y un semblante rígido, condenó a Pichón  a treinta y cinco años de prisión efectiva por asesinato contra un miembro de la Policía Nacional en cumplimiento de funciones; miró a Alfonso y pareció pedirle disculpas. Zoila lo abrazó llorando y él no terminaba de creer lo que había escuchado, después de todo, a su padre lo habían matado el día que iba a dictar sentencia contra un narcotraficante, cuando salía de su casa con dirección al Ministerio Público y fue abatido de dos balazos en la cara por un socio del acusado; y fue el mismo juez que hoy aceptaba la teoría que él planteaba, quien no aceptó en su momento la misma teoría a favor de su padre y en contra del hombre que lo mató, por eso, sólo fue condenado a veinte años por homicidio simple.

Mientras pensaba en todas estas cosas, veía como se llevaban a Pichón justo frente a él y alcanzó a decirle entre dientes, pero entendiblemente:

— Eso te pasa por dártelas de vivo.

FIN

sábado, 4 de diciembre de 2010

Invencible

LA GRIPE
Jamás pensé que lo que le pasó a Luis fuera posible de ocurrir. Lo conocí desde que ambos teníamos cinco y siempre fue un niño risueño, divertido, alegre y muy movido. Cuando cumplió diez años su madre dijo algo de lo que yo estuve pendiente durante mucho tiempo. Ella dijo que en diez años de haberlo criado, Luis nunca había enfermado de nada, ni siquiera un simple resfriado o una inocente fiebre; jamás ella había tenido que pasar la noche en vela cuidándolo y que aún cuando él sólo era un bebé siempre fue muy sano. Esto me dejó confundido porque no podía creer que un niño como él, que se exponía al peligro y a la suciedad sin medir consecuencias, jamás se haya enfermado. Es así que a partir de ese día encontrarle una debilidad se convirtió en mi obsesión, pero tras haberme hecho su mejor amigo y prácticamente convivir con él año tras año; pude comprobar que su mamá no estaba alardeando: Luis realmente nunca se enfermaba. Hubo días en los que lo vi con malestar general o con la nariz tupida y  entonces yo esperaba el día siguiente para verlo tendido en la cama, pero inexplicablemente él despertaba como nuevo. Así me pasé toda la secundaria, obstinado por verlo enfermo, sin embargo, cuando ambos entramos a la universidad mi preocupación se esfumó; simplemente acepté su buena suerte y lo dejé tranquilo.
Cuando teníamos veinte e íbamos en segundo año de derecho, fuimos al cuarto de una amiga porque los amigos más cercanos que teníamos se iban a reunir allí. Entre bromas y simplonadas terminamos jugando a los retos, y todo siguió normal hasta que nos retamos a besarnos, nosotros a las chicas y ellas a nosotros. De pronto, allí estaba Alicia, una bella chica de piel canela por la que Luis siempre sintió algo especial, siempre hablaba de ella con brillo en los ojos y cuando empezamos el juego me hizo prometer que lo retaría a besarla, pero eso no fue necesario; todos allí sabían lo que él sentía por ella y antes de que yo tuviera  que intervenir, ya se habían besado varias veces.
Esa noche, hubo algo diferente en él después del juego; no cabía en su felicidad, pero estaba pálido, se sentía muy cansado y cuando nos despedimos, ni siquiera él pudo contar las veces exactas que había besado a Alicia. Sin embargo, Luis murió tres días después del juego por una fiebre alta. Lo curioso es que Alicia siempre fue una chica muy enfermiza, cada día venía con una enfermedad nueva y el día que besó a Luis; estaba enferma, él se contagió de su primera gripe y murió, pero Alicia no volvió a sufrir de ninguna enfermedad, ni siquiera de un simple resfriado.
FIN.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Vuélvete La Luna

LA CAMA NUEVA


Sheila acomodaba la almohada, el espacio era amplio y notó que su hija y ella cabrían en su nueva cama; esperaba porque Lucecita se durmiera y mientras la miraba cerrar y abrir los ojos repetidas veces. Se distrajo al pensar en lo amplio de la habitación y en lo vacía que se veía la casa en la oscuridad.

Por algún lugar se calaba el frío de la noche y esto le hacía castañetear los dientes, sin las fuerzas para ubicar el desperfecto; resolvió que lo mejor sería intentar dormir. Se echó al lado de la niña y cerró los ojos, no pasó mucho tiempo cuando el aullido de un perro la despertó, miró al vacío mientras sus pensamientos la torturaban le llenaban la cabeza y le impedían seguir durmiendo. Cuando suspiraba tragaba tierra y cada vez el aire se volvía más helado; las esteras ya no podían contener los embates del viento y esto hacía que la arena que las rodeaba se elevara. Sus ojos empezaron a mojarse mientras se preguntaba si todos en aquella invasión estarían pasando lo mismo, aunque la respuesta le parecía obvia pues sólo por la tarde las casi cien familias que tomaron los arenales del pueblo joven “San Pedro” habían puesto en pie sus chozas. El llanto no pudo evitar despertar a Lucecita y su madre no tenía como explicar las lágrimas, respiró hondamente y más tranquila le dijo a su hija:

— Lucecita, perdóname, esto no es lo que yo pensé algún día darte— Y la Abrazó.

Antes de que pudiera decir algo más, la niña la interrumpió:
— Tranquila mamá, ninguno de mis amigos tiene un techo de estrellas tan bonito como el mío.

Madre e hija vieron brillar la luna un poco más antes que el cansancio se encargara de obligarlas a cerrar los ojos.

Quisiera que fueras

SI TÚ FUERAS...

Si tú fueras un sueño;
no dudaría un segundo en morir
y dormir el sueño eterno.

Si tú fueras palabra;
moriría porque seas verbo
que se conjuga en mi boca.

Si fueras despedida;
me sentaría a mi puerta para esperarte
aún sabiendo que nunca volverías.

Si fueras lágrima de luna;
de tu ceniza haría noches eternas
que sepan a pureza y huelan a perfección.

Si fueras un poema;
sonarías a belleza
y a la melodía de la mejor canción.

Si fueras un poema,
quisiera ser yo el poeta
y lo que siento por ti mi inspiración.

martes, 24 de agosto de 2010

Diario de un Voluntario

Diario de un Voluntario
Hoy:
Una vez más hoy me pregunto si en otro trabajo se ven todas las extraordinarias cosas que yo veo en el mío: cuerpos sin vida, tiesos, fríos y destrozados; casi siempre incompletos, tanto que tenemos que identificar a cuál de los muertos se le vaciaron los sesos que quedaron regados o los intestinos que sin querer pisamos; es como intentar un rompecabezas con piezas grotescas. Recuerdo una vez que un autobús escolar se hizo trizas en la carretera y tuve que encajar varias cabezas de niños en los cuerpos que les correspondían, mientras sentía su tibia sangre resbalar por los guantes y a los pequeños ojos parecer mirarme; en otra oportunidad a un muerto le faltaba un dedo y pasamos toda la mañana buscándolo, para que cuando llegó su mujer nos dijera que lo había perdido días antes en otro accidente.
            En esto consiste mi trabajo y hoy me doy cuenta que lo amo, aunque en momentos como éstos sea muy difícil mantener el semblante tranquilo o el humor apacible, igual, nunca falta quien intente romper el silencio. Tuvimos mucho trabajo porque hubo una gran cantidad de muertos; llegó de apoyo uno de los jefes y nos dijo:
            — ¿Necesitan una mano?— a la vez que sostenía una que se había desprendido de un cadáver y nos la ofrecía.
            Más tarde, un compañero, al descubrir una sustancia blanquecina muy parecida a la manteca, preguntó:
            — ¿Qué es-seso?— Para luego sonreírnos con la mirada.
            Sé lo cruel y desalmado que parece todo, pero no se imaginan cuánto ayuda una sonrisa en esos momentos. Además, nosotros somos los que mejor tratamos a los cuerpos, ni la policía, ni los del ministerio público prestan atención con tanto detalle como lo hacemos nosotros y si por ellos fuera, los muertos podrían quedar irreconocibles o incompletos para sus familias, sin ningún problema.
Nosotros somos los mejores, hacemos nuestro trabajo con amor y lo hacemos gratis, todo esto para mí hoy es una satisfacción; ya que hoy estoy nuevamente en una escena más de éstas y mientras veo como mis compañeros vuelven a hacer su trabajo de manera impecable, me siento orgulloso y a la vez muy tranquilo porque confío en ellos, aunque no puedo dejar de preguntarme por qué me habrá tocado ser la víctima esta vez.

FIN

martes, 17 de agosto de 2010

POEMA SILENTE

Quisiera escribir algo que todo el mundo lea,
pero a la vez lo quiero guardar para mí.
Porque no hay papel, ni hoja, ni luna, ni mente
que pueda soportar mi descarga:
mil latidos que suspiran por cada gota de alegría,
mi cabeza destrozada usada como pincel
y mi pecho dando gritos con la boca cerrada.

Muda, muda la tristeza y muda la desilusión,
mudo el silencio y mudo el corazón,
mudas las manos... mudas.

Las estrellas penetrando mis ojos,
sus ojos penetrando mi voz,
mi voz que penetra su estrella;
la muerte nos penetra a los dos...
                                               En silencio...
                                                                 Grita...
                                                                          Muda...
                                                                                    En silencio.

La rosa de mi rosal


FELICIDAD DE LA ROSA
 
Hoy la rosa amaneció optimista, cree que puede ser el gran día; espera que el chico de la mirada dulce se fije en ella y sea esta vez la elegida. Todas hablan de conocer el mundo y de la primera rosa que salió del rosal para aventurarse a lo desconocido, aún no ha llegado nadie a ocupar su lugar y por el contrario ya quedan pocas.
      Ella es una de las más hermosas entre todas: floreciente, de pétalos sonrosados y a medio abrir, de tallo firme y hermoso, y de hojas con forma perfecta. Sí, está segura de que hoy será. Llega el muchacho y les da un vistazo, las acaricia, arranca las espinas y de un tajo se lleva tres, luego una más y parece haber terminado; se va y la rosa entristece, pero espera al día siguiente por su milagro. El joven ha vuelto, pero su mirada dulce no toca a nuestra rosa, quien hace de todo por parecer perfecta y aún así volvió a ser discriminada un día más y vuelve a dormir con la consigna de ser más hermosa por la mañana.
       Todas  las demás han abierto sus pétalos y se están marchitando, ya han pasado varios días, esta vez está convencida de que es la más bella; al muchacho no le quedará otra que escogerla. Él pisa el huerto y se lleva muchas, sólo se quedó a su lado una rosa que estaba muy lejos de comparársele, una rosa vieja y marchita por la que las demás decían que estaba loca. Esta rosa le dijo:
       - Deberías aprovechar tu momento... Nunca serás más hermosa que ahora.
       Nuestra rosa no la escuchó, era otoño y tal vez no le quedaba mucho; durmió sin esperar nada, pero luego de la noche la mañana volvió y con ella el muchacho de dulce mirada. Arrancó sin mucho esfuerzo a la vieja rosa y cuando supo que no la tocaría y que se quedaría sola; la joven rosa empezó a llorar, lo que la hizo más bella a los ojos del joven: era una rosa con rocío. El muchacho la vio, se le acercó y por primera vez se atrevió a acariciarla, la rosa estaba muy feliz. Él le dijo tiernamente:
       - Eres muy bella para matarte. Espero que el rosal reflorezca sólo con rosas como tú- Y se fue.

       Hoy la rosa está feliz... Hoy la acarició un soplo de viento y sintió por primera vez lo que es estar viva.
FIN